HOMENAJE A MI ABUELA VIRTUDES,
MI INSPIRACIÓN EN LA MAYORÍA DE
MIS CREACIONES CULINARIAS
El presente blog lo he creado en recuerdo de mi abuela materna, Virtudes, quien fue para mí a la vez, madre, abuela y amiga. Mi abuela nació en 1907 y murió en 1988. A pesar del paso del tiempo, su recuerdo vive en mí más latente que nunca. Una mujer de bandera, curtida en múltiples experiencias de las que marcan de verdad. Vivió tres guerras y sufrió el franquismo. Apenas sí le dio tiempo para saborear tiempos de mayor paz, libertad y progreso desde el periodo de la transición hasta que nos dejó para siempre.
Madre de tres hijos, pasó en dos ocasiones de la riqueza a la pobreza más absoluta. En una ocasión, porque le arrebataron todo cuanto tenía en la Guerra Civil; la otra, porque intentó salvarle la vida a su segundo hijo, enfermo de sarampión, sin lograr su propósito. Las facturas de los médicos y los caros brebajes de los boticarios de antaño la dejaron sin nada, pues en aquella época no había lo que hoy llamamos Seguridad Social. Adelantada a su tiempo pero conservadora en imagen por imposición ideológica; alegre y de equilibrada autoestima; amiga de sus amigos; generosa con los más débiles; inteligente emocionalmente pero analfabeta culturalmente. Su gran arrojo y tesón la convirtieron en una mujer ejemplar de su tiempo. Fue admirada y respetada por todos, sobre todo por miembros de la por entonces incipiente media y alta burguesía de posguerra. Supo mejor que nadie qué era pasar hambre y conoció de primera mano el sufrimiento por no tener recursos con los que salir adelante. Pero su carácter optimista fue su gran aliado para afrontar su penosa situación económica y personal y explotar los recursos de los que era poseedora y que mejor dominaba: su arte y sabiduría para la cocina, junto a su don de gentes.
Cuando la vida se cebó con ella y dejó de tener con qué pagar a médicos y tenderos, ella inventó su propia moneda de cambio: la comida. Pronto se corrió la voz de cuán gran arte tenía para fabricar bocados dulces y bocados salados, hasta el punto de que los médicos de la ciudad se turnaban para ir a curar a sus otros dos hijos cuando enfermaban. El dueño de la ferretería, a quien mi abuelo le compraba muchos aperos de labranza, no le importaba que le pagara en especie, por lo que pronto se acostumbró a degustar sus suculentos manjares junto a su familia. Y así, con el tiempo, se ganó una fama tal que ya usaba sus dotes de buena cocinera no solo para ayudar a los más necesitados o pagar en especie a quienes le debía favores, sino que pronto mucha gente le empezó a hacer pedidos. Antaño, los banquetes de bodas, bautizos y comuniones se caracterizaban por una gran mesa de manjares expuesta en la propia cosa donde se celebraba el acontecimiento. Y mi abuela Virtudes pronto se convirtió en la encargada de llenar las mesas de los convites con sus exquisiteces dulces y saladas.
Aunque ya nunca volvió a ser rica, sí que supo salir adelante y sobre todo ser feliz. No volvió a ser rica porque las experiencias vividas de hambruna y sufrimiento junto a débiles y fuertes le hicieron posicionarse junto a los primeros, los más desvalidos. Aprendió a ser feliz sin dinero, saboreando las cosas pequeñas que nos da la vida y que no se encuentran en lo material; aprendió a compartir con los más pobres todo cuanto tenía porque no soportaba ver a nadie sufrir. Dio de comer incluso a las monjas y huéspedes del hospital de beneficencia de la ciudad, que acogía a desvalidos y peregrinos. Les enseñó sus dotes de cocinera para ayudarles a salir adelante y gracias a ello mi madre y mi tío gozaron de una buena educación gratuita, como pago por sus favores. Jamás quiso guardarse los secretos de sus recetas y le gustaba compartirlas con todo aquel que le preguntaba, porque sabía que así podía enseñar a un mayor número de personas a sobrevivir y salir adelante, a aprovechar al máximo sus recursos y permitir que siempre tuvieran algo que llevarse a la boca, algo distinto a un mendrugo de pan.
Podríamos decir, pues, que mi abuela se había convertido con el tiempo en el resultado de la intensa experiencia vivida, los conocimientos adquiridos más la capacidad de resolución para afrontar los problemas gracias a los recursos que su destreza en la cocina le podían proporcionar.
Así que heredé de mis abuelos maternos dos aficiones a partes iguales: de mi abuelo, la pasión por la lectura, los libros y las letras; de mi abuela, el entusiasmo por la cocina; y de los dos, el arte y el amor por la creatividad, bien juntando letras, bien juntando ingredientes culinarios.
Os quiero, Vicente y Virtudes, allá donde estéis.

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